Si ayer estábamos cansados, hoy estamos destruidos. Otra vez, más de 12 horas en la calle pero con otras tres jornadas iguales a nuestras espaldas. ¡Somos unos campeones de la resistencia, unos “hooligans” del turismo!
Hoy precisamente, no teníamos que madrugar porque nuestra primera visita guiada comenzaba a las 12:45; pero como estos pobres chicos no han podido comprar ningún regalito durante el viaje (léase con ironía)… hemos tenido que madrugar para ir, de 10 a 12, a toooodas las tiendas de souvenirs de Berlín. Lo fascinante es que ya compraron casi todo el primer día… pero ya sabéis que el consumismo tiene un apetito ciego (los profes también hemos caído, ¿eh? Confesamos). Así, hemos vuelto a pasar por el Memorial del Holocausto y hemos descubierto que, bajo un aparcamiento de coches al aire libre muy cercano a este lugar histórico; se encontraba el búnker donde Hitler pasó sus últimas semanas de vida; antes de que los soviéticos tomaran Berlín. Una simple placa recuerda el lugar, que ahora parece un descampado con un par de tristes coches aparcados dentro.
Después, una vez llegados a la Puerta de Brandenburgo, hemos enfilado la magnífica avenida Unter den Linden. Originalmente, era el camino que unía la residencia del rey con el Tiergarten, y se convirtió en una de las calles principales del la ciudad en el S. XVIII. Hoy en día, aquí se encuentran las embajadas de los países más poderosos, tiendas de conocidísimas marcas y edificios y lugares históricos. De esta manera, hemos ido alternando, tienda de regalos, con la Universidad Humboldt; tienda de regalos, Teatro Maxim Gorki; tienda de regalos, Neue Wache… Y así, hasta llegar a la Isla de los Museos.
Como su propio nombre indica, ésta es un complejo de museos de grandísima relevancia internacional, situada en un ensanche del río Spree. Esta isla ha estado habitada desde el S. XIII y en otro tiempo albergó el Palacio Imperial, derruido en 1950. Se conservan algunos edificios de interés como la impresionante Catedral de Berlín (a la que hemos intentado entrar, pero debido a la gran afluencia de gente, no nos ha dado tiempo) o la serie de museos que dan nombre a la Isla: la Galería Nacional, el Museo Bode, Altes Museum, el Museo Egipcio de Berlín… y el maravilloso Museo de Pérgamo, para el cuál teníamos un visita reservada a las 12:45 (y menos mal que lo llevábamos preparado desde Madrid porque ¡menuda cola nos hemos ahorrado!).
El Museo de Pérgamo se construyó entre 1910 y 1930 a partir de un proyecto de Alfred Messels y Ludwig Hoffman. El museo debe su nombre al altar de Pérgamo, que se erige en el vestíbulo principal. Las tres colecciones independientes, el Museo de Antigüedades (griegas y romanas), el Museo de Antigüedades de Oriente Próximo y el Museo de Arte Islámico, son el resultado de las expediciones arqueológicas alemanas llevadas a cabo en Oriente Medio y Oriente próximo a finales del siglo XIX y principios del XX. La pieza más importante de la colección de antigüedades griegas y romanas es el gigantesco altar de Pérgamo, procedente de la acrópolis de la antigua ciudad de Pérgamo, en Asia Menor. La colección contiene también fragmentos de otras estructuras de Pérgamo del mismo periodo que incluyen la Puerta del Mercado de Mileto (¡alucinante!), una parte del templo de Atenea, ejemplos de escultura griega y cerámica, además de una puerta romana, mosaicos y un enorme sarcófago. Los objetos más impresionantes del Museo de Oriente Próximo vienen de la década de 1880, cuando formaron parte de una colección real de arquitectura, escultura y joyería de Babilonia, Irán y Asiria. Resultan sorprendentes la grandiosa puerta de Ishtar y la avenida procesional construidas en Babilonia. Del Museo de arte islámico, destacamos la fachada del palacio califal de Mushatta, regalo del sustán al emperardor Guillermo II, y la cúpula original de la Alhambra tallada en madera de cedro y chopo.
Bueno, pues ¿sabéis qué? Que lo hemos podido ver casi todo de la mano de Lucía Calvo (¿seremos parientes?), una gallega afincada en Berlín desde hace casi 20 años que aún no ha perdido su entrañable acento. Decir que ha sido encantadora sería decir poco, y ha hecho de la visita un encuentro maravilloso con el arte, lleno de anécdotas interesantísimas contadas con una cercanía, humor y cariño excepcionales. Gracias a ella, hemos podido encontrar una sección del Muro especial que los chicos querían visitar después. Así que bocata rápido cerca de Alexander Platz (famosísima plaza, antiguamente mercado de ganado y lana; hoy intercambiador de transportes), foto al Fernsehturm (la torre de televisión que con sus 325 m. se encuentra entre las estructuras más altas de Europa) y rumbo al Muro. Fotos, vídeos, paseos… hemos tenido hasta un ratito para sentarnos al sol, dar de comer a los patos (a dos en concreto, muy simpáticos que no se separaban de nosotros. Por cierto, que sigo sin saber de dónde ha salido el pan que les dábamos…) y hacer unos vídeos preciosos. Y cuando las piernas ya no aguantaban y teníamos más ganas de irnos a casa, llegaba el momento de hacer la que, seguramente, ha sido la mejor visita de todas: la prisión de la Stasi Gedenkstätte Berlin-Hohenschönhausen. Y no porque yo lo diga; vuestros hijos os lo contarán.
Este centro penitenciario de la dictadura comunista que se impuso en parte de, no sólo Alemania, sino Europa, es un emplazamiento clave que durante 44 años recluyó a las víctimas de la persecución política en la Zona de Ocupación Soviética. El instrumento más importante para el sostenimiento de la dictadura era vigilar y controlar a la población; y cuando alguien oponía resistencia o no era afín al régimen, intentaba huir o expresar su opinión libremente; era detenido y encarcelado en esta prisión (o en otra de las 16 restantes que existían en la RDA). Podemos imaginar que las condiciones de vida en el campo eran catastróficas. En un espacio muy estrecho se apiñaban hasta 4.200 personas (hasta 10 personas por celda), las condiciones higiénicas eran desoladoras y la alimentación catastrófica. Por esta horrible situación pasaron los detenidos considerados espías, divergentes, terroristas, activistas de nacionalsocialismo, miembros de la policía y el servicio secreto, y otras personas secuetradas totalmente al azar con el propósito de atemorizar a la población. Hasta 250.000 personas pasaron por aquí desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la caída del Muro. Y Jorge Luis Vázquez García fue uno de ellos.
Cubano de nacimiento y criado bajo la dictadura castrista; Jorge huyó de la isla tratando de buscar formación y una oportunidad de escapar al régimen. Pensó encontrar su oportunidad en Berlín (uno de los pocos destinos a los que le era permitido viajar desde La Habana) pero el día menos esperado y delatado por un compañero de trabajo, fue detenido en un restaurante poco tiempo antes de conseguir escapar de la RDA con ayuda de la diplomacia occidental. Sólo estuvo retenido 10 días en esta cárcel… pero casi dos semanas pueden suponer toda una vida cuando uno vive lo que Jorge vivió. Días sin dormir, sin comer, sometidos a brutales interrogatorios, torturas físicas y sobre todo y especialmente psicológicas… no es algo que se olvide fácilmente. Por eso, lo que verdaderamente hace grande a Jorde es que, después de ser deportado a Cuba y cumplir su sentencia allí, decidió que su sitio estaba en Berlín para que su historia y la de sus compañeros no fuera olvidada; para que las generaciones venideras aprendamos de su historia y no tengamos la desgracia de tener que revivirla.
Acompañados por él, hemos recorrido “el submarino” (un sótano con celdas sin ventanas, parecidas a búnkeres, donde los detenidos podían pasar hasta 8 meses aislados en estancias frías y húmedas con un camastro de madera, sin poder dormir porque estaba prohibido, sin comida, y con una eterna luz artificial encendida que lo hacía a uno perder la noción del tiempo), las salas de interrogatorios, las celdas de la prisión común, el patio de recreo (cuidado, veinte minutos a la semana al aire libre en un jaula semienterrada donde sólo se podía ver el cielo a través del enrejado), y muchos sítios más. Pero lo mejor de esta visita no ha sido ver el lugar, sino conocer a Jorge y su historia. Le hemos preguntado sin descanso y sólo hemos parado porque la cárcel cerraba (hemos podido estar una media hora más de lo concertado), y también, por qué no decirlo, hemos llorado. Se podía sentir una emoción entre nosotros que sólo era atenuada por la risa y las amables palabras de su protagonista, que intentaba sacar siempre lo mejor de las situaciones más terribles: “Lo peor es encontrarte en el barrio, en el supermercado, a tus antiguos interrogadores y carceleros. Porque ellos no te recuerdan -o no quieren hacerlo- pero tú nunca olvidas sus caras. O cuando vienen a la prisión antiguos trabajadores que, lejos de mostrar arrepentimiento o deseos de pedir perdón, afirman que ellos hacían cumplir la ley que tú habías infringido, porque eras culpable. Eso sigue doliendo.” Son heridas invisibles, que no se aprecian con la vista pero que destruyen el alma y hay quien nunca consigue sanarse. Sin embargo, Jorge lo superó, ha perdonado (pero no olvida y evitar ese olvido es además su trabajo) y sigue adelante; contándonos hoy su historia con un humor agridulce y con muchos planes de futuro: libros, artículos, películas... Y con muchas ganas de que el Real Madrid gane la Champions, porque es un madridista de pura cepa. Nos ha despedida (a pesar de algún culé…) con un tremendo ¡Hala Madrid!
La vuelta ha sido silenciosa, reflexiva, triste… pero esperanzadora. Ahora ya sabemos que no sólo la extrema derecha ha causado estragos en el mundo, sino que cualquier dictadura sea del signo que sea, es despreciable; y es nuestro deber luchar contra ellas. “Sed felices y sobre todo, disfrutad de vuestra libertad. Yo os puedo decir que es el mayor tesoro que tenéis”.
Ya tenemos la maleta preparada para mañana, con las cosas que trajimos y las que hemos comprado. Sin embargo, el mejor equipaje que llevamos es el de la cosas invisibles que hemos aprendido. OMNIA MEA MECUM PORTO.